Un señor de saco y corbata camina a la mañana temprano rumbo a su trabajo, la mirada, su mirada, va clavada en un punto fijo, adelante, en un posible horizonte o en un horizonte posible, no lo sabemos.

En la misma vereda, en el mismo momento, a unos pocos metros de distancia, dos nenes y una nena, que parecen hermanos, de guardapolvo blanco, de escuela pública, de pelo negro, de caras de sueño y mochilas cargadas, se cruzan a lo ancho de la vereda. Juegan.
El señor de saco y corbata avanza rápidamente sumergido en aquel horizonte, y todo indica que la colisión va a suceder, todo indica que no los ve, ni los va a ver.

Sin embargo, en el instante previo a que su cuerpo físico se encuentre con el tumulto de nenes, mochilas, guardapolvos blancos y pelos negros, algo empieza a cambiar en su gestualidad, y una parte de él, la que no está en el horizonte, se da cuenta, percibe el obstáculo, su cuerpo se mueve como en una danza, esquiva a los dos nenes más grandes, que al mismo tiempo hacen su parte y también danzan la danza de esquivar al Señor de saco y corbata, y se corren hacia la pared.
Pero la nena, que es la más pequeña, habita la dimensión del juego, y mientras todo esto sucede, juega, baila, arrastra su mochila rosa, se cruza en la vereda.
Y entonces, el tiempo se espesa, y el encuentro sucede.

La nena, en el medio de la vereda, arrastra la mochila y da vueltas y el señor de saco y corbata que viene esquivando a los nenes en esa danza que tiene mucho de caída en cámara lenta, otra vez parece tener un registro de algo que ocurre cerca, y entonces baja la vista y todo al mismo tiempo, vé a la nena y detiene, y al detenerse la mira, y cuando la mira, la vé, ve a una nena chiquita de guardapolvo blanco, y mochila rosa, jugando en la vereda abstraída del mundo de señores de saco y corbata que caminan apurados a la mañana. Y entonces el señor de saco y corbata se queda inmóvil, un segundo, cien, no sabemos como se mide este tiempo. El tiempo que se necesita para que una nena chiquita con una mochila rosa, termine su juego, su vuelta, su danza. Y cuando termina sus giros, lo percibe, alza la mirada, y también lo vé, se miran, él le sonríe, ella también, y entiende, y comienza a caminar hacia la pared, y entonces el señor que ya no mira al horizonte, acompaña con la mano, suavemente, el movimiento de la cabeza de la nena en su recorrido hacia la pared, y mira como continúa su juego; y al mismo tiempo, el mismo señor de traje y corbata que no sabemos ya si es el mismo, sonríe, y mientras sonríe, retoma su marcha, da un paso, da dos, y entonces vuelve la cabeza, mira hacia atrás, a los nenes que otra vez están jugando en la vereda, y sigue caminando y sonriendo.

Nosotros parados, detenidos, observamos, sintiendo que algo del orden del sentido, del plano de la vida, acaba de suceder.

Seguir leyendo →
Comentarios: 0 / Compartí: