El hamster

No se muy bien si tenía cuatro o cinco años, pero fue por la época en la que ya sabía andar en bicicleta sin rueditas.

Era sábado a la mañana, como también cuando pasó lo de la sandía, pero eso fue después, – sé que era sábado con una certeza que no podría explicar- y en casa teníamos un hamster, un pequeño ratón de esos que corren adentro de una ruedita de metal.

No recuerdo como llegó el hámster con su jaulita al jardín de infantes al que íbamos mi primo y yo, lo que si recuerdo perfecto es que cuando la maestra preguntó quien quería llevárselo a su casa, no tuve ninguna duda de que el hamster se iba a conmigo.

En esa época vivíamos en La Emilia, la escuela quedaba a una cuadra de la casa de mi primo, y nos volvíamos caminando solos. Así que esa cuadra la recorrimos llevando la jaula entre los dos, con el hamster a los tumbos, pobrecito.

A mis padres no les parecío tan obvio como a mi que el hamster tenía que vivir con nosotros que para esa altura ya éramos los que fuimos siendo, o sea mamá, papá, hermana, hermano recién nacido, mi perro Buiqui y  yo.

Lo que salvó al hamster de otro viaje de infierno de vuelta a la escuela fue que mi amor por los animales es heredado de mis padres, así que después del reto de rigor por no haber pedido permiso, el hamster tenía hecho el cambio de domicilio.

No tengo grandes recuerdos de la vida del hamster, solo verlo correr adentro de la ruedita, darle la lechuguina y la zanahoria para que coma, y el olor del aserrín de la cajita. Mi mamá dice que nos encantaba y que lo mirábamos todo el tiempo. Pero yo no me acuerdo tanto de eso, solo me acuerdo bien esto que voy a contar ahora.

Resulta que el hámster estaba ahí haciendo cosas de hamsters hasta que ese sábado  dejó de correr en la ruedita y se quedó acostado en el piso de la jaula sin moverse.

No se como nos habremos dado cuenta mi hermana y yo de que algo no estaba bien con el hamster, nos lo quedamos mirando, metiamos el dedo por las rejitas y lo tocábamos para que se moviera; el hamster nos miraba con los ojitos chiquitos y negros, pero no se movia. Nada, no hacía nada, pero nos miraba.En algún momento decidimos que mejor era llamar a mi mamá, que miró el hamster que daba pena y me dijo me parece que está enfermo, si querés andá a buscar a papi a ver si lo puede curar.

Yo ya sabía  ir a la casa de mis primos de memoria, así que agarré mi bicicleta  y salí a todo lo que me daban las piernas,  recorrí las tres cuadras a toda velocidad, desesperada, porque en definitiva la vida del hamster dependía de eso. Tengo el recuerdo de velocidad supersónica, de llegar al portón de la casa de mis tios, tirar la bici en la vereda y entrar a la galería gritando SE MUERE, SE MUERE como si la que me estuviera muriendo fuera yo.

Claro, hasta ese momento, nadie lo había dicho, no se había nombrado la posibilidad de  la muerte del hamster,  pero la idea estaba ahí, porque salió en un grito y en ese grito se hizo posible, fue como abrir la canilla a la angustia y con la angustia el llanto. Así que me recuerdo corriendo a través de la galería, desde la puerta de calle hasta el el fondo gritando de SE MUERE, SE MUERE con todas mis fuerzas.

Mi papá enseguida salía corriendo, asustado, se agachó, me agarró de los brazos y me preguntaba ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Y como yo no dejaba de decir SE MUERE SE MUERE, salió corriendo para mi casa, y yo en la bicileta atrás de él otra vez a toda velocidad, pero más tranquila porque bueno, mi papá ya estaba en camino.

Entró corriendo desesperado, gritando el nombre de mi mamá, que cuando lo escuchó salió corriendo desesperada también, cada uno le preguntaba al otro ¿qué pasa, qué pasa?, era todo muy confuso, así que mi papá entró a la casa y vió a  mi hermano  que dormía en el cochecito y a mi hermana seguía parada al lado de la jaulita del hámster. No pasaba nada, todos estaban vivos, y estaban bien y mi papá como si se desinflara miró a mi mamá y ahí mi mamá unió los puntos y le contó del hamster.

Yo estaba segura de que mi papá lo iba a solucionar, no había nada en el mundo que mi papá no pudiera arreglar. Abrió la puerta de la jaula, sacó al hamster que estaba inmovil y empezó a masajearlo, como haciéndole una especie de masaje cardíaco;  le escuchaba el corazón y le ponía un espejito a ver si respiraba, pero nada. Nada de nada. El hámster estaba muerto.

Y si bien yo había gritado se muere se muere, para esta época todavía no había entrado gritando me muero, me muero, la verdad es que no tenía mucha idea de que se trataba realmente la muerte, lo que quiero decir es que no había tenido nunca una experiencia real vinculada con la muerte de alguien cercano.  La muerte solo es real cuando sucede de cerca, cuando toca a alguien con quien estamos vinculados. Yo había visto gente morir solo en la television, los soldados malos de una serie que se llamaba “Combate”.

En fin, que yo no había vivido la experiencia de la muerte, nadie a mi alrededor había dejado de vivir hasta ese momento. Y ahora el hamster estaba muerto. Y claro, muchas preguntas. Que que le pasó, y que ahora que pasa, y adonde se fue, con quien está, y quién le va a dar de comer, y todo eso que preguntan los niños. Estoy casi segura de que mis padres me dieron la version de que el hamster se había ido al cielo, porque por esa época empecé a pensar como sería vivir en las nubes, si las nubes son como el algodón entonces como es que los hamsters no se caen y qué comen en el cielo, y quién les da de comer y esas cosas.

Ese día también empecé a entender algo que me llevaría muchos, muchísimos años más aceptar, qué mi papá no arregla todas las cosas.

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