El señor que no se quien es…

Yo a este tipo lo conozco, pienso, mientras me siento en una rejita baja, que bordea los canteros de la plaza. Estoy cansada, tres horas de estar parada y caminar, me dejaron este dolor de cintura que me obliga a sentarme un rato acá. Mientras descanso intento ordenar algo de las emociones dislocadas de estas horas. Sin embargo, lo que ocurre adelante mío me captura, es la calle que vibra y además está este hombre al que miro y vuelvo a pensar, ¿de donde lo conozco?

Y me acuerdo de aquella vez, hace muchos años, cuando era estudiante y viajaba en un tren que volvía de Moreno o Morón no lo sé y ya no importa. Iba mirando sin mirar a través de las personas sentadas en el tren, hasta que me encontré con una mirada, un rostro que me resultó familiar, como éste de ahora; y tuve también esta sensación de “yo a este pibe lo conozco”. Lo seguí mirando, medio tratando de saber quien era, medio sin mirar. En eso, el chico levanta la vista, me mira, hace un gesto con la cabeza, me saluda y dice “hola” despacito, timidamente, apenas mueve los labios en una media sonrisa. Yo le devuelvo el saludo, de la misma manera, pero no se quien es y ya no tengo dudas de  que nos conocemos de algún lugar. Pero ¿de dónde?.

Cuando el tren llega a la estación y nos bajamos veo que él camina adelante mío, salimos de la estación y tomamos el mismo subte, y al salir del subte, caminamos las mismas cuadras hacia mi trabajo. Pienso que podríamos estar en una película. Lo sigo, no porque quiera seguirlo, sino porque hace el mismo camino que yo haría cualquier día que que tomara el subte hasta mi trabajo, pero también lo reconozco, porque hay algo que me atrae de lo que sucede. Dos o tres locales antes de llegar a mi edificio, él entra en un mercado, y recién ahí me doy cuenta quién es y de donde lo conozco. Es la persona que casi todos los días de lunes a viernes, me vende lo que será mi almuerzo. Cuando está entrando al local y yo me estoy dando cuenta de quien es, él gira la cabeza  y me ve, me saluda de nuevo, con más confianza, y yo también lo saludo, y le digo que me disculpe que en el tren no lo había reconocido, y él me dice que es por la ropa, no entiendo, y se me debe notar en la cara, porque el me dice, es por la ropa blanca, del trabajo, ahora no la tengo. Y ahí me doy cuenta de que tiene razón. Y le digo claro, y el me dice que me reconoció por mi pelo, raro, y se rie, yo también me rio, necesito reirme. Le pregunto su nombre sabiendo que si lo sé, nunca más me voy a olvidar quien es. Me dice que se llama Martín, yo Lala, chau nos vemos. Y nos vamos a seguir viendo  mucho tiempo a la hora del almuerzo, el es Martín, yo soy Lala, a veces cruzamos un par de palabras, siempre nos saludamos y sonreímos.

Ahora pienso que hay una clave en esa escena que me captura hasta hoy.

Y mientras recuerdo, confirmo que en este momento me siento igual que en aquel tren, sabiendo que sé quien es ese hombre, pero no logrando recordar de donde lo conozco ni su nombre. Quiero descubrirlo, pero el pensamiento va y viene, no logro procesar aún las experiencias del día, al tiempo que voy hacia adentro mío, me distraigo porque ahí mismo, muy cerca, se empieza a armar una mesa con tablones que van saliendo de lo que parece ser, pero no es -ahora lo descubro-, un kiosco de revistas. Salen tablones, anchos que hacen de mesa y tablones finitos que hacen de bancos.

Arriba de los tablones que hacen de mesa, se estira un hermoso e impoluto rollo de papel blanco, papel sulfito, papel de envolver el fiambre que se vende al corte, papel de envolver el queso y el pan.

Alrededor del kiosco que no es un kiosco se empieza a agrupar gente, desde donde estoy no veo que sucede porque me ubiqué a un costado de ese lugar, y no tengo mucha gana de moverme de acá.

La mesa ya se armó, se armaron los bancos y la gente comienza a sentarse. Me doy cuenta de que nosotros, los que estamos acá de paso, cientos o quizá miles de personas que van y vienen, que han venido a algo que ya está terminando, que nos estamos yendo, somos la escenografía para esta otra escena, más real, este cuento, esta obra donde ya está puesta la mesa y los comensales están llegando.

Me quedo, me sigo quedando y miro, este hombre al que conozco pero no se quien es, está sentado a la mesa, los antebrazos sobre el papel blanco y a su alrededor se van sentando otras personas, algunas se quedan un rato lo saludan, se van, vienen otras, no viene nadie y así. Percibo en los gestos y en el aire, cierta alegría por la ocasión y el encuentro, por estar en este lugar, en esta vereda de la plaza, juntos, me lo dicen los gestos, el saludo de los cuerpos, que se aproximan se encuentran, celebran, se alegran, hay abrazos, hay palmadas, hay brazos sobre los hombros, y manos que se estrechan con fuerza. Y también está el movimiento de estos cuerpos, que circulan, que cambian de lugar. Y este hombre, el que no logro reconocer, que está sentado de espaldas a mi, es; estoy segura, un centro sutil de todo esto.

Cuando las personas que están sentadas a la mesa, o que circulan alrededor, se le acercan y lo saludan, sucede algo que mi cuerpo detecta, y que mi mente no logra explicar en ese momento. Es como si la  cámara que filma esta escena hiciera foco en ellos y  desenfocara el fondo, y es como si un hilo invisible comenzara a unirlos. Y este hilo que se tiende comienza en la mirada del hombre que no conozco. Mira lento, mira a los ojos, sin bajar la mirada, y mientras mira así, también escucha así, profundo, con mucha atención, como si nada sucediera alrededor más que eso que pasa entre ellos. Y los cuerpos responden a esto, a esta mirada y a esta escucha. Es como si me fuera posible ver el hilo que se tiende desde uno hacia el otro, y vuelve y va y vuelve, un hilo negro, como esta noche, pero delicado, un hilo sutil, un hilo que los une, que los acerca, un hilo que los cose, los arma, los hiergue.

Estoy muy cerca, y puedo escuchar y mirar con descaro, porque hoy soy yo la invisible, hoy soy decorado, nadie me advierte ni me intuye. De repente un señor más viejo que los otros, de pelo blanco, largo y despeinado, con unos grandes bigotones grises, abrigado con un saco que le sobra por todos lados, y que agarra con su mano un portafolio a medio abrir, con papeles y cosas que se caen o que se están por caer y una bolsa de nylon negra; se le acerca y lo abraza desde atrás y entonces el hombre que no se quien es, se da vuelta y lo mira, se levanta y lo abraza tambien; y el señor más viejo le dice algo, pero yo solo logro escuchar un nombre, le dice “Juan, hermano…”. Y el hombre que ya se levantó de la mesa y que lo abrazó de frente, ahora lo aleja y sonríe y lo abraza, y le palmea la espalda y la escena sigue.

Pero yo me quedo en ese nombre, Juan y ese Juan como un rayo abre el sentido, y en un instante todos los puntos se unen, se une la cara al nombre, se une la escena al hombre. Para confirmarlo, miro el kiosco que no es kiosco, me tiro un poco para atrás para leer algo que está escrito ahí, y empiezo a entender.

Me quedo un rato más mirando, y como ya no me distrae la necesidad de saber quien es el hombre, miro con curiosidad y me emociono. Ha sido un largo día, con sus intensidades, mi sensibilidad a flor de piel y siento la necesidad de irme, de volver a mi casa, de dejar la plaza, porque es tarde, porque va a cerrar el subte, porque estoy cansada y porque necesito rumiar el día en soledad.

Me levanto, camino hacia el subte, voy pasando por delante del kiosco que no es un kiosco, que es en realidad un lugar donde hay un perchero en el que la gente que espera por su plato de comida, puede elegir, -si elegir-, un abrigo. En ese momento, se me caen unos papelitos que llevo en la mano, folletos que me dieron en la marcha; un chico, un muchacho, más joven que yo, me ayuda a juntarlos y me pregunta, señora ¿de qué es esta marcha? Y yo le digo que es una marcha que se llama Ni Una Menos, y me dice que si, que sabe eso, pero ¿para que es la marcha? y le cuento que es para protestar por la violencia que estamos sufriendo las mujeres, porque nos matan, nos violan, nos desaparecen, nos acosan, para que podamos vivir en libertad. Y el asiente con la cabeza, claro, está de acuerdo. Pero la chica que está al lado de él lo mira con cara de no entender y él le explica que es por las mujeres que están matando y ella le dice ahhh y se da vuelta para no perder su lugar en la fila, para recibir un abrigo y un plato de comida.

*El señor, que tiende el hilo hacia el otro, que mira profundo y largo, y escucha con atención a estas personas que viven en la calle, es Juan Carr, a quien solo conozco de la tele. El kiosco que no es tal kiosco es el puesto de Red Solidaria en Plaza de Mayo y lo que yo miré en ese rato sin saber, fue una de las cenas de los viernes para quienes viven en la calle. Pero eso lo supe después, cuando ya en mi casa, me puse a googlear.

 

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