El viaje de la sandía.

Cuando pasó lo que voy a contar, vivíamos en la casa de la calle Pellegrini, era una casa medio chorizo porque tenía una galería cerrada a la que daban todos los cuartos incluida la cocina; y al final de la galería había un patio sin sol y sin pasto. Fue la primera casa en la que vivimos cuando nos mudamos a Junín, la casa de la pelopincho en el jardín. Yo tendría unos siete años y mi hermana cinco. También era verano cuando pasó esto, verano y también era sábado, estoy segura de las dos cosas otra vez.

Todo arrancó porque a la vuelta de esa casa -un sábado también-, abrieron una verdulería y un día la llenaron de sandías.

A mi hermana y a mi nos encantaba la sandía, capaz porque era una especie de fruto prohibido. En mi casa nunca se comproba sandía, no se si porque era cara o por el desastre de  tener a tres pibitos comiendo sandía, lo que implicaba jugo,  ropa sucia, moscas y el tema de sacar las semillas para que nadie se las trague. En fin, por alguna cuestión, no se comía sandía. Y por eso  mismo nos encantaba y siempre queríamos y la sandía está presente en todos nuestros recuerdos de vacaciones de verano en La Emilia, porque había alguien más a quien le encantaba la sandía y además la compraba, el nonno Pato.

En esa época, primeros años de los `80 todavía no había tanta cosa de invernaderos y camiones de frio y mutaciones genéticas de las frutas y verduras. Se consumía lo de la estación. No había tomates  todo el año y mucho menos sandía, el durazno  y el damasco se comían en verano;  la sandía también. Cuando llegaba Diciembre en las afueras de pueblos y ciudades, empezaban a aparecer camiones llenos de sandías y melones que la gente iba a comprar ahí.

En esos días de las vacaciones en La Emilia, el nonno Pato nos cargaba en el auto y nos llevaba a comprar sandía, una sandía entera para nosotros solos, -mi hermana, mis tres primos y yo-. La liturgia era la siguiente: llegabamos con el auto hasta al camión de sandías, nos bajábamos todos, mi abuelo controlaba que ninguno se cruzara la ruta, y mientras miraba las sandías nos explicaba por qué esta sí y aquella no. Le daba unos golpecitos a alguna con los dedos, le apoyaba la oreja contra el lomo como si le escuchara el corazón, y cuando alguna le parecía que estaba bien la hacía calar. El procedimiento del calado era así: el vendedor de sandía, que era una mezcla de paisano y comerciante de pueblo,  agarraba una cuchilla grande con punta muy filosa y cortaba un triangulito chiquito en el lomo de la sandía; pinchaba la punta de la cuchilla en el centro del triangulo y sacaba un pedacito triangular de sandia , con el triangulito en la punta de la cuchilla se lo ofrecía al nono, que la probaba y si estaba dulce la compraba, previo pelearle unos pesos al vendedor.

La sandía recién se podía comer al otro día, porque había que enfriarla; se comía a la tarde, a la hora de la siesta, el nono nos sentaba en el patio, cada uno con su plato de media rodaja de sandía y su cuchillito; y nos enseñaba a separar las semillas con la punta del cuchillo y a escupir en el plato las semillas que se nos pasaban de largo. Esto se repetía un par de días, hasta que la sandía se terminaba.

Pero en este verano que cuento acá, todavía no habíamos ido a La Emilia, ni habíamos comido sandía, y en esta verdulería  nueva a la que íbamos casi a diario  a comprar alguna cosa que nos mandaba mi mamá, un día nos encontramos con que estaban descargando un camión entero de sandías, un camión enorme y lleno. Estuvieron larguísimo rato bajando y apilando sandías en un rincón del local y nosotras ahí un rato largo mirando ese espectáculo de  sandías hermosas.

A partir de ahí, fue un constante remachar. Cuando volvimos le contamos a mi mamá que en la verdulería estaban bajando unas sandías enormes, que parecían riquísimas, y que lindo sería comprar una sandía ¿no? porque a nosotras nos encanta la sandía y ya la sabemos comer sin ensuciar porque el nonno ya nos enseñó. Y mi mamá que no, que no se puede comprar sandía.

A la vez siguiente que me tocó ir a la verdulería, habían cortado una  y estaba ahí grande, carnosa, roja, hermosa con las semillas negras y la piel verde. Aproveché y le pregunté a la señora cuanto salía una sandía entera. Era imposible salirse del tema. Cada vez que había que ir a la verdulería era volver a la carga. La cuestión era que se nos había puesto que queríamos comprar una sandía entera como compraba el nonno, porque la íbamos a comer toda, porque iban a venir los primos y entre todos la ibamos a terminar, y otra vez con que ya sabíamos comer sandía sin enchastrar y que no nos íbamos a tragar las semillas y dale que dale, pero no había forma de sacarles el sí.

Al final nos jugamos la última carta, la sandía la íbamos a comprar nosotras con nuestra plata. Nosotras teníamos nuestros ahorros de lo que dejaban los ratones por los dientes,  de los vueltos de los mandados o plata que regalaban los nonnos.

Se ve que ahí se lo tomaron en serio mis padres o se les acabaron las excusas, se hartaron, los convencimos o nos quisieron enseñar algo con esto, no se que pasó, pero nos dejaron comprar la sandía.

Así que juntamos la plata y allá fuimos las dos a comprar la sandía. La operación llevó su tiempo porque primero fuimos a mirar para ver cual íbamos a elegir, estuvimos bastante con eso; y cuando nos decidimos hicimos la compra.

Ya habíamos estado cuarenta veces con el tema de la sandía por eso la señora de la verdulería nos vió entrar pero no nos dió mucha bola, le tuvimos que decir que ahora si veníamos a comprar la sandia y mostrarle el puño cerrado que apretaba los billetes. Recién ahí  fue hasta la montaña de sandías y nosotras atrás porque obviamente ya sabíamos cual era la nuestra y no era cuestión de que nos íbamos a llevar cualquiera. Nos íbamos a llevar la que habíamos elegido que era esa, no, esa no, la de al lado, la más grande, la que tiene las rayitas bien verde oscuras y la piel lisita, esa. La señora la agarró y la puso arriba del mostrador nosotras le dimos la plata y ahí estaba la sandía;  ¿Y como la van a llevar? Me parece que esta Sandía es muy pesada para ustedes. Nosotras nos miramos, no habíamos pensado en ese detalle del peso de la sandía. ¿Como hacemos? y la señora ¿Por qué no van a buscar a la mamá o al papá para que lleve la sandía? Ni hizo falta que nos miráramos. No. Claro que no. Nosotras sabíamos que no podíamos hacer eso porque si venían mi mamá o mi papá, no nos íbamos a llevar semejante sandía, la iban a cambiar por una más chiquita. Así que le dijimos a la señora que no, que mamá no podía venir a buscarla, que estábamos nosotras, que la íbamos a poder llevar.

La señora no estaba muy convencida pero yo insistí y la agarramos entre las dos, una de cada punta. A duras penas llegamos a unos metros de la puerta de la verdulería donde ya la verdulera no nos podía seguir con la mirada y paramos a descansar, apoyamos la Sandía en el piso y esperamos un ratito. Si, la verdad es que era pesada y además el problema era que una de las dos tenía que caminar para atrás, porque cada una agarraba una punta de la sandía con las dos manos, y no es fácil caminar para atrás llevando una sandía tan pesada. Un rato me tocó a mi, descansamos y otro rato a mi  hermana. Era muy difícil, avanzamos un poquito y otra vez la sandía al suelo a descansar, estábamos complicadas. En una de esas nos dimos cuenta de que podíamos caminar de costado las dos, no era fácil pero era más fácil que caminar para atrás, así que vuelta a agarrar la sandía, vuelta a empezar a caminar, lo bueno es que ya estábamos doblando la esquina, y la casa estaba a la mitad de la cuadra. El tema era que la sandía cada vez pesaba más, porque estábamos cansadas y parábamos cada dos pasos, y hacía calor y todo parecía difícil, y en unas de esas paradas se nos ocurrió, no se de quien fue la idea pero se ve que a las dos nos pareció buena;  teníamos que llevar la sandía como la llevaban los que descargaban el camión, seguro que así era mucho más fácil. Ellos la cargaban al hombro, nosotras teníamos que hacer lo mismo pero entre las dos. Simple, nos pareció que era simple, porque era esa época en la que todavía pensás un poco como en los dibujitos animados, como si las cosas fueran en 2 D. Para ese momento ya estábamos a unos 20 metros de la casa, las dos en la vereda, una de cada punta mirando a la sandía decidiendo como hacer, y algo habremos decidido, porque empezamos a maniobrar la sandía para subirla. No era fácil, básicamente porque no teníamos fuerza y porque la piel de la sandía es lustrosa y se resbala y nuestras manos eran chiquitas y ahí estábamos haciendo fuerza, yo me había agachado, y entre las dos tratando de subir primero la sandía para que quedara sobre mi hombro pero claro, imposible llegar a la altura, lo mejor era que yo me sentara en el piso y la subíamos y después me paraba, pero tampoco salía, hasta que nos dimos cuenta que había que hacer las dos cosas al mismo tiempo, yo me agachaba y entre las dos levantábamos la sandía y la apoyábamos en el hombro, empezamos a hacer  los movimientos y estábamos ahí, y lo logramos! la sandía sobre mi hombro y yo casi que estaba parada y era una felicidad tan grande,  sabíamos que habíamos ganado, que ahora si. Yo con la sandía apoyada en el hombro, no llegaba a rodearla entera con el brazo y mi hermana que hacía fuerza para sostenerla y ahí estábamos tratando de acomodar  cuando se me escapó, se me deslizó del hombro y se se cayó, no la pudimos agarrar, se me safó de las manos y cayó como cae una sandía enorme al piso, una sandia que es pura agua roja contenida en esa piel gruesa y verde pero a la vez tan frágil. No cayó desde tan alto pero rompió, se rompió toda, se fracturó, quedó en pedazos, desarmada, nosotras la mirábamos atónitas, con una pena inigualable, no se que sintió mi hermana, pero yo tuve esa sensación horrible de lo que no tiene arreglo, de lo irremediable pero que te involucra, porque sin querer o no, lo provocaste vos; hay algo que vos hiciste que provocó eso que ya no se puede arreglar y lo único que querés es volver el tiempo atrás, un segundito nomás, un segundito lo cambiaría todo; pero no se puede. El tiempo no va para atrás; y vos estás ahí mirando el desastre y no podés dejar de pensar en eso que podrías haber hecho o no hecho que haría que todo fuera distinto, que fuera como vos querés que sea y no es.

Esa es una sensación que atraviesa toda esa época, la época de la mudanza, de la escuela nueva, una sensación que  duró mucho, demasiado, una época en la que sentía que no entendía nada, que no hacía nada bien, que siempre había un gesto, un algo que arruinaba las cosas buenas, que había algo en mi que no funcionaba  en fin, que nada me salía bien.

Tengo grabado el olor de esa sandía, los ríos de agüita roja que salían de las grietas, y empezaban a correr por las rayitas de la vereda, y el gris del cielo. La sandía estaba rota en un montón de pedazos, eran como islas de sandía, carnosa, roja, pero toda rota, la sandía inmensa y hermosa no existía más, ahora era estos pedazos, un desastre de sandía rota que ya se llenaba de moscas. veo muy claros los colores de ese momento y la humedad, la pesadez de ese tiempo anterior a la tormenta en el verano y esa  sensación de  arruiné algo que iba a ser hermoso y ya está, no hay manera de volver atrás y la culpa es mía.

Estoy segura de que nos miramos sin hablar, y  que las dos sentimos algo muy parecido a la desilusión y la tristeza y que mi hermana que tenía los rulitos que ya no tiene, no me dijo nada, no me echó la culpa ni nada, porque en definitiva ya estaba, no había nada que hacer.

Juntamos los pedazos más grandes uno cada una y recorrimos los escasos veinte metros que separaban el lugar del accidente de la entrada de la casa. Todo eso me lo acuerdo como si estuviera viendo una película pero mejor, porque mi recuerdo tiene los olores y la pesades del día. De ahí en adelante, no me acuerdo mucho más, sí que teníamos miedo de que nos retaran, no nos retaron, incluso me parece que mi mamá y mi papá un poco se tentaron de la risa. Vernos entrar con los pedazos de sandia en las manos, trágicas y tristes, debe haber sido todo un espectáculo. Mi mamá nos dio una fuente a cada una para que fuéramos a buscar los pedazos que quedaban en la vereda para guardarlos en la heladera, y balde y escoba para limpiar el desastre, y que al rato se largó a llover. Ese es el final del viaje de la sandía y de la historia.

Pasaron mil años, me sigue encantando la sandía, verla, comerla, olerla, todo. Me sigue recordando a mi nono, a las vacaciones en La Emilia, a mis hermanos chiquitos, a cuando me corté el pelo sin permiso y a mis primos. En algún momento de esos mil años aprendí que cuando escribo sobre algo que pasó, me olvido lo que pasó, y solo recuerdo lo que escribí, y por eso hay cosas hermosas que jamás voy a escribir. Hace poco algo pasó,  algo que tuvo el sabor de lo que se rompe y no se arregla, y eso que pasó me trajo este recuerdo, se me vino encima  como un empujón desde atrás,  me atravesó la sensación de la sandía rota en la vereda y yo mirando y el deseo de lo que ya no va a ser que se escapa en un segundo. Y pensé que a lo mejor, podía escribir esta historia, para olvidarla, y recordar otra cosa.

 

10 comentarios en “El viaje de la sandía.

Postear comentario

Tu mail no será publicado. Campos requeridos marcados