Una tasa con flores

Una tasa con flores . Cuatro tazas con flores en las que vos y yo tomamos muchos muchísimos tes negros de los que vos hacías con un saquito en una cafetera de acero inoxidable que ponías al fuego bien despacito. Siempre había te para tomar, hasta cuando ya no podías tomar.

Y vos eras obediente, el dotor me dijo que esto y aquello, el dotor dice que tal cosa. Vos hacías todo lo que te decía este doctor, y el otro.

Tengo esta pena enorme que no se me va.

Tengo esta pena de mil doscientas cincuenta mil lágrimas porque no nos despedimos, porque yo no llegué a despedirte como quería.

Te soñé muriéndote en mis brazos en la calle, nos soñé despidiéndonos, yo te decía ¿ya te vás? Y vos me decías ya me voy Rasputin. Pero cuando pasó no te despedí.

¿Cómo puede ser que no te despedí?

Me da culpa. No se culpa de que, pero me da culpa. Toda la culpa del mundo me da. Yo te quería acompañar.

Lo peor es que no me puedo acordar el último día que te vi. Le doy vueltas y vueltas y mil doscientas cuarenta vueltas y no me puedo acordar. No me acuerdo de ese día, no me acuerdo cual fue el último día,  no me acuerdo de que hablamos, no me acuerdo que me contaste ni me acuerdo que te dije. No me acuerdo.

Por suerte ese año te di mil abrazos. Abrazalo pensaba cada vez que te abrazaba.  Quedate en el abrazo por las dudas, así te acordás.

Ese año te di mil quinientos abrazos. Cada vez que te abracé pensé  que podía ser la última vez.

Ese año te di mil abrazos, y te acaricié las manos, mil veces, mil doscientas veces te acaricié las manos.

De eso estoy segura. Me gustaba acaricirte las manos. Porque a los viejos nadie los toca y yo no quería que a vos te pasara eso. Porque vos te merecías amor y mil millones de abrazos.

Sé todas las ultimas veces que nos vimos ese año me esforcé por grabarme tus manos, la marca de tu cara, tus cejas, las cosas que no quería olvidarme y que el tiempo borra. Tengo tu voz, tus manos, el olor de tu casa, tu risa, tengo la textura de tu sweater de bremer, te tengo entre mis brazos porque ya estabas chiquito, sé como se sentían tus clavículas  y los huesos de tus hombros.

Pero ¿Cómo me perdono que no te despedí?  y que no me acuerdo, no me puedo acordar,  la última vez que hablamos por teléfono ni la ultima vez que fui a tu casa. No me puedo acordar la última vez que me dijiste Rasputín.

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